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Parece que estamos construyendo el Reino de Dios pero podemos estar construyendo el reino de la tierra |

| El Reino de Dios o el reino de la tierra |
Respiran en el corazón del hombre, agazapadas en la penumbra, unas fuerzas oscuras, connaturales y salvajes que, colocadas en fila, como un ejército en orden de batalla, reclaman a voz en grito la gloria, la opulencia, la dominación; y, al mismo tiempo, rechazaban con repugnancia el olvido, el fracaso, la oscuridad.
Tienen categoría de diosas, porque desde siempre y para siempre doblegan las balanzas y prevalecen sin contrapeso en el reino de los impulsos.
Inevitablemente, la tentación yergue sibilinamente su cabeza en el corazón del hombre; y es una tentación porque se presta a confusión, porque hay falacia (exhiben siempre una hermosa apariencia), y porque ofrecen mezclados, como en una aleación, los intereses de Dios y nuestros intereses, la gloria de Dios y nuestra propia gloria, la dominación de Dios y nuestra dominación. Una simbiosis idolátrica.
Todo cuanto amenace nuestra gloria amenaza la gloria de Dios, y viceversa. Los enemigos que hieren nuestros intereses hieren los intereses de Dios, y viceversa.
Parece que estamos construyendo el Reino de Dios, pero podemos estar construyendo el reino de la tierra: buscar y promover el prestigio, la fortaleza, la influencia, en una palabra, el poder, pensando que estamos promoviendo el poder y la gloria de Dios.





